viernes, 9 de octubre de 2009

Vergüenza e indignidad judicial


Estamos asistiendo a la destrucción total de las libertades del hombre. Desde el mismo instante en el que a una persona se le prohíbe expresarse, pensar o leer ciertos temas y materias, estamos cortando su libertad más fundamental y su derecho inviolable: el desarrollar su criterio de ser humano, la duda y el conocimiento.


Resulta cuanto menos que curioso que en unas sociedades que ondean banderas de tolerancia, respeto, igualdades y más memeces mal aplicadas se juzgue y se condene a quienes opinan de manera diferente a los gobernantes. Hemos asistido a la mayor vergüenza e indignidad judicial que cabía esperar de una sociedad democrática. Condenados por vender libros, condenados por supuesta apología del genocidio. ¿Empezamos a condenar? ¿Sacamos toda la mierda de las casas? ¿Juzgamos a los que guerrean y asesinan masivamente? ¿Recordamos las bombas atómicas? .

Parece ser que en este mundo tan tolerante y libertario no se puede criticar al sistema ni pensar de manera diferente, ni ya tan siquiera comerciar con las curiosidades de los lectores. La libertad de prensa y pensamiento son derechos tan reclamados por quienes ahora queman libros como solicitados y defendidos por quienes son culpados. La actuación por la defensa de unos pensamientos no debe ser jamás penada. Si así fuera deberíamos hacer juicios sumarísimos al comunismo, al socialismo y al imperialismo.
No se puede dudar de las palabras de unas supuestas víctimas. Eso está vetado, quemado, penado. Pero ellos no deben poner sobre la mesa las pruebas de su victimismo, ni científicas ni documentales. La gran mentira está prohibida hablarla, mirarla o dudarla. Es más fácil quemar libros, encarcelar y multar que recapacitar e intentar asimilar o descubrir la verdad. Esto se llama dictadura, se llama opresión, se llama tiranía.
Pues seguirán habiendo voces que denuncien, seguiremos existiendo quienes queremos saber la verdad, seguiremos en pie quienes creemos de verdad en las libertades de las personas frente a las conveniencias de los poderosos. Y seguiremos porque estamos convencidos de que saber la verdad, escribir la verdad, leer la verdad no es delito, es necesario y sano para el pueblo.

Quien prende fuego a los pensamientos de otro se está quemando sus propias manos. Por arder el papel no se va a cambiar la realidad ni se van a erradicar a quienes pensamos de maneras diferentes. Hace más fuerte estas acciones dictatoriales en una nación sin capacidad de reacción y de protesta. Eso sí, cuando censuraron a los borbones en esa revista soez, bien que saltaron todas las alarmas de libertades y censuras.

Ahora se hace hoguera con libros prohibidos. ¡Dios mío! ¡Libros prohibidos!

¡ Pensamientos prohibidos! ¡lecturas prohibidas!. Miedo me da vivir en esta sociedad para-policial que se disimula en buenismos y a la hora de la verdad intenta callar cualquier voz que le haga un mínimo daño a su sistema de silencios y mentiras. Quizás necesitemos una revolución inmediata, quizás necesitemos alzar al pueblo de una vez por todas contra estos atropellos y manejos de nuestras libertades.

Mi apoyo total a los condenados por usar su libertad, mi desprecio a quienes los condenan por pensar en libertad.

***

Francisco Berlanga


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